Maíz nativo: La raíz que une a México
Claudia Sheinbaum impulsa “El maíz es la raíz”: apoyo campesino con maquinaria, semillas nativas y transformación comunitaria como el caso comaleras.
La apuesta por el maíz nativo: arraigo, aprendizaje y tecnología en manos campesinas
En el corazón de las comunidades rurales de México, donde el maíz no es solo cultivo sino memoria y resistencia, el gobierno de Claudia Sheinbaum Pardo ha puesto en marcha una estrategia ambiciosa y de largo aliento: el programa “El maíz es la raíz”. La iniciativa no se limita a la entrega de apoyos, sino que articula formación técnica, infraestructura comunitaria y rescate genético del maíz nativo, todo ello con un eje central en la autonomía campesina.
Capacitación, semillas y maquinaria: el paquete integral
El programa parte de una premisa clara: no hay soberanía alimentaria sin control local de los insumos y del conocimiento. Por ello, los ejes de acción incluyen escuelas de campo donde se intercambian saberes ancestrales y técnicas agroecológicas; bancos comunitarios de semillas nativas que garantizan la reproducción de variedades locales; y entrega de maquinaria adecuada a pequeña escala (molinos, desgranadoras, equipos de nixtamalización) para que sean los propios productores quienes agreguen valor a su cosecha.
“Apoyamos con aprendizaje, maquinaria, bancos de semillas y equipos para dar valor agregado a la producción”, ha explicado la mandataria en sus recorridos por zonas maiceras. El objetivo es romper la cadena de intermediación que tradicionalmente ha dejado a los campesinos el trabajo más duro y las menores ganancias.
Comaleras: el ejemplo que transforma el maíz en empoderamiento
Uno de los casos más emblemáticos del programa es el de las comaleras. En regiones como Guerrero, Oaxaca y Chiapas, grupos de mujeres han organizado pequeños centros de transformación donde el maíz nativo se convierte en tortillas, tostadas, pinole, tamales y harinas artesanales. Con los equipos proporcionados por el programa, estas comaleras han pasado de vender grano suelto a ofrecer productos con denominación de origen local, logrando precios justos y reconocimiento en mercados regionales.
“Antes sembrábamos y vendíamos barato. Ahora procesamos nosotras mismas y el dinero se queda en la comunidad”, cuenta una de las beneficiarias en la Mixteca poblana. Además, el programa ha permitido que muchas de ellas obtengan certificados de manejo sustentable y participen en ferias de economía social.
Bancos de semillas: resistencia contra los transgénicos
Otro pilar fundamental es la creación de bancos comunitarios de semillas criollas. Frente al avance de maíces transgénicos y la dependencia de insumos externos, estos bancos aseguran la disponibilidad de variedades adaptadas a cada microclima y cultura. Cada banco es administrado por un comité local que registra, limpia y distribuye las semillas entre los campesinos de la zona, garantizando pureza genética y germinación.
Hasta el momento, el programa ha reportado la instalación de más de 200 bancos de semillas en una docena de estados, con más de 80 variedades nativas rescatadas. La meta es llegar a mil bancos al final del sexenio.
Un modelo que combina tradición y futuro
“El maíz es la raíz” no solo impulsa la producción, sino que revalora el papel del campesino como guardián de la biodiversidad. Con una inversión inicial que supera los mil millones de pesos, el programa incluye también asistencia técnica permanente, vinculación con universidades agrícolas y créditos blandos para infraestructura de almacenamiento y secado.
La respuesta en el campo ha sido entusiasta. Organizaciones como la Unión Nacional de Productores de Maíz Nativo han destacado que, por primera vez, una política pública integra la defensa del maíz criollo con el desarrollo económico local, alejándose del asistencialismo y apostando por la capacidad organizativa de las comunidades.
Sembrar raíz para cosechar futuro
Claudia Sheinbaum ha colocado al maíz nativo como eje simbólico y productivo de su proyecto rural. “El maíz es la raíz” demuestra que es posible producir sin depender de semillas híbridas ni agroquímicos, siempre que haya voluntad política y acompañamiento técnico. Las comaleras, los bancos de semillas y las escuelas campesinas son hoy territorios de esperanza donde el campo mexicano recupera su voz y su sustento.
Mientras el mundo enfrenta crisis alimentarias y climáticas, estas acciones locales inspiradas en el México profundo siembran una lección global: la soberanía comienza en la semilla, y la raíz se fortalece cuando es compartida.

